sábado, 18 de junio de 2016

Lo que no te conté de Francis Bacon (Correos a Clara). De Charo Crego

Para "buscadores" de Arte

Para los que,  sin buscar, lo encuentran


Recomiendo la lectura de este libro, que me ha resultado muy interesante por su sencilla y personal manera de hablar de Arte. Cada capítulo me ha parecido un hallazgo y a la vez un punto de partida para reflexionar y seguir buscando




Charo Crego, doctora en Filosofía por la Universidad Autónoma de Madrid, es ensayista y crítica de arte

Aquí os dejo un fragmento:


No sé si has visto la pintada que hay en la estación del metro de Mérode. Dice algo así como “Serendipia: el arte de encontrar lo que no se busca”. Lleva ya unos meses allí y la verdad es que desde el primer día que la vi me intrigó. No conocía esa palabra, así que me fui a consultar directamente el diccionario y Wikipedia para ver qué significaba. Parece que aunque la popularizó Walpole, procede de un cuento persa, cuyos protagonistas son unos príncipes de la isla de Sederip, la actual Sri Lanka, que poseen el arte de acabar bien todas sus aventuras gracias al cúmulo de casualidades (…)

Las dos fotos de indios americanos que me encontré en la basura de una calle cercana a Frick Collection son mi serendipia particular, mi object trouvé americano. Tan sólo caminábamos por una calle cualquiera (…)

Y os presento a Clara, la destinataria de estos correos sobre Arte:


jueves, 6 de agosto de 2015

PUNTO Y LÍNEA. A la Poesía de Miguel Hernández


Instalación verbal y visual



Esta tierra seca y polvorienta, capaz de dar limones y plantas avariciosas de agua, asiento de palmeras, me lleva sin esfuerzo a la poesía de Miguel Hernández. Intento hacer marcha atrás en el tiempo para imaginar su razón poética, su mirada interior bajo este sol Mediterraneo, exprimiendo toda la belleza del cielo y el campo en busca de la palabra y el ritmo.

Conozco bien los caminos
conozco los caminantes
del mar, del fuego, del sueño,
de la tierra, de los aires.
Y te conozco a ti
que estás dentro de mi sangre.



Le veo a él, nítido y rotundo, en los puntos y líneas de las cosas que me llaman la atención.
A golpe de talento y empeño, eleva su poesía sobre anhelos de saber y libertad, de sinceros y nobles sentimientos. Su poesía llega desde lo oculto a lo profundo, desde lo escondido a lo íntimo. Así sucede también con la música, la pintura y la imagen, conmueven cuando quitamos lo que sobra.





En estos días de sosiego leo su poesía como, y casi donde,  Miguel leía la de Juan Ramón Jiménez:


Venerado poeta:
Sólo conozco a usted por su "Segunda Antología" que -créalo- ya he leído cincuenta veces aprendiéndome algunas de sus composiciones. ¿Sabe usted dónde he leído tantas veces su libro? Donde son mejores: en la soledad, a plena naturaleza, y en la silenciosa, misteriosa, llorosa hora del crepúsculo, yendo por antiguos senderos empolvados y desiertos entre sollozos de esquilas
.

               







Voy tras sus pasos a Orihuela, a su casa restaurada en 1985 y me quedo en silencio debajo del jazmín, al dulce olor de su poesía. En el colegio de los padres Jesuitas, donde comenzó estudios de bachillerato a los 13 años y conoció a Ramón Sijé, encuentro esta escalera de líneas vencidas por las pisadas jóvenes y firmes que hacen historia y se parecen a la vida,  que  no suele ser una línea recta,  ni hay dos vidas iguales;  las decisiones dibujan el  propio mapa y se entrelazan con otras historias.


Cómo me duele la corta y dura vida de Miguel Hernández y cuanto me alegra la grandeza de su espíritu luchador,  que puedo ver en el espejo de su obra.




A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.







En Orihuela encuentro la decepción del olvido que ha traído el politiqueo y la gestión sin sentido. No puedo evitar recordar que el poeta fue pobre,  y además  profeta cuando decía


Como el toro he nacido para el luto
y el dolor…



Inmaculada Cuesta.  Murcia, julio de 2015


lunes, 16 de marzo de 2015

Segovia en la mano, con Juan Ramón Jiménez



He seleccionado estos enfoques de Segovia y agrupado en colores, del rojo al amarillo.

La canción es de  Chili Valverde, cantautora de Juan Ramón, que me dedicó su libro-disco "Mamá Pura", con motivo de una colaboración que hicimos en Madrid y Jaén,  para una exposición mía en torno a la poesía de Juan Ramón.

De "Mamá Pura" es la canción "Al soneto con mi alma", que incluye la voz de Juan Ramón, recitando su poema.

Chili Valverde a la guitarra.
A la dcha Carmen Hernández Pinzón, sobrina nieta de Juan Ramón en Galería EME 04

jueves, 22 de enero de 2015

Instalación verbal y visual para "El azul sobrante" (José Jiménez Lozano)


El azul sobrante (José Jiménez Lozano, 2009) 

El único inconveniente que tiene esta pintura es que dura miles y miles de años. O, más bien, no se quita nunca, porque es una pintura de antes de la vida y de después de la muerte. 

Termino la lectura de los cuentos de Don José con la viva impresión de haber encontrado el azul primero y último, ese  fondo en continuo movimiento para la humanidad pasada, presente y futura. Son historias tan reales que me dejan perpleja,  despiertan el azul profundo de la conciencia y estimulan las ganas de saber más...







“..a ella la sobraba casa, como la había sobrado siempre” así es un corazón tierno, que se duele y tiembla ante el dolor ajeno, le sobra casi todo




 











“La paulita que volvía del obrador con el servicio del chocolate en una bandeja se quedó como petrificada…” Con la confianza no se juega



  





“Y su hija se rio, pero la aseguró que ya la explicaría ella las cosas…” tan mansa la sabiduría como impertinente la vanidad





“Pero él no reposaba, de todas maneras, “y un día se decidió ir al médico, porque le dolían los riñones…”
La conciencia se abre paso como la madeja oculta que encontramos tirando del hilo suelto o el que soltamos para que otros tengan piedad y tiren de él cuando falta valor









“Ya estuvimos de acuerdo desde el principio en que todas hemos pensado en lo mismo. En lo que variamos es en las fantasías y los métodos.”
Memoria acomodadora y lengua enredadora






“Las paredes de ese su despacho estaban cubiertas con estanterías, y cinco o seis vasares de ellas estaban ocupados con las obras de Baruch de Spinoza y estudios sobre ellas”
Vanalidad del mal?, no sé.  Con apaños para el terror y  la negrura del propio corazón





Pagina web


“Pero él no abría la boca. Y al final de sus años ya nadie se reía de él, sino todo lo contrario, y la gente decía que por qué una muchacha desnuda o vestida no podía parecerse a un ángel”

Goya. Ermita de San Antonio de la Florida (Madrid)






Inmaculada Cuesta. Segovia, enero de 2015

viernes, 28 de noviembre de 2014

Bach para variaciones de SUPERVIVENCIA


Naturaleza viva
Naturaleza viva y asfalto
Naturaleza sobre fondo fuera de lugar

jueves, 6 de noviembre de 2014

Casa Museo de Antonio Machado (Segovia)

Mi homenaje a Antonio Machado en 2009

"Soria, 1909" Retrato de Machado y Leonor. Obra de Inmaculada Cuesta

¿Y ha de morir contigo el mundo mago
donde guarda el recuerdo
los hálitos más puros de la vida,
la blanca sombra del amor primero,
la voz que fue a tu corazón, la mano
que tú querías retener en sueños,
y todos los amores
que llegaron al alma, al hondo cielo?
¿Y ha de morir contigo el mundo tuyo,
la vieja vida en orden tuyo y nuevo?
¿Los yunques y crisoles de tu alma
trabajan para el polvo y para el viento?

Antonio Machado
(Soledades, galerías y otros poemas, 1907)

Visita a la Casa Museo de Antonio Machado en Segovia (5 de noviembre de 2014)

Lugar "intacto", donde es fácil trasladarse a su poesía

Foto MAQ

Foto MAQ

Foto MAQ

Foto MAQ

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Foto MAQ

Foto MAQ

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lunes, 3 de noviembre de 2014

AUTORRETRATOS

 AUTORRETRATOS 









Foto MAQ
Tengo una amiga de las de verdad, que veo poco, es una pena…, y desde hace unos años, además nos vemos poco y brevemente. Nuestros encuentros se han resumido tanto que son intercambios exprés de tesoros. Este verano sacó de su caótica cesta de campo “AUTORRETRATO CON RADIADOR”, de Christian Bobin, de la editorial Ardora -también exprés-; con su dulce y bajo tono de voz me dijo más o menos que no podía dejar de leerlo, tomé nota, lo encargué en una               librería, me marché fuera, volví, me olvidé y hace unos días pasé a recogerlo.


    Me lo he bebido de un trago y me ha sabido a gloria. Un libro que respira luz,  belleza y fe, tan           necesarias para vivir como el agua y el pan. Un libro que escucha…


Un libro, un verdadero libro, no es alguien
que nos hable, es alguien que nos oye,
que sabe oírnos
(Martes 1º de octubre)

Bobin nos cuenta lo que le dicen, y se dicen,  las flores; que Mozart suena azul cada mañana ante un café negro, nos habla de…

Las cosas pequeñas, las cosas perdidas
que no tienen valor para nadie
salvo para Dios-una hierba loca,
una mota de polvo, la tristeza de los pobres
(Jueves 30 de mayo)

Es a mitad del diario, el miércoles 4 de septiembre, cuando nos pinta su autorretrato

(…) Yo vivo como toda la gente de esta ciudad en el interior del gigante, en una parte de su cuerpo, en el extremo de la ciudad. Y escribo. Y soy incapaz de tomarme en serio esta actividad que es, desde hace seis años, la única de mi vida y que me da dinero más que suficiente para vivir y dormir con un sueño verdadero, profundo. Ayer fui a pagar mis impuestos. Delante de mí, había un hombre que estaba en el paro. Yo iba a dar dinero, y lo que iba a dar no iba a quitarme el sueño. Él, poco más o menos de mi misma edad, venía a pedir que no le quitasen lo poco que le quedaba. ¿Por qué existe una diferencia tan grande entre la gente con los destinos que se les asignan? Yo no me aflijo viendo que mis libros me aportan pan y sueño. Lo que me dan,  lo tomo. Pero al ver a ese hombre pensé que no soportaba a los escritores cuando hablan con cara de mártires del sufrimiento de escribir, de la dificultad de su trabajo. Un trabajo, es algo que os pueden quitar un día. Conozco escritores pobres, no conozco ninguno que esté en el paro: privado de escribir –y por consiguiente de dicha, porque no hay que andarse con cuentos: escribir es una pura dicha, y cualquier otro razonamiento sobre ello es repugnante. Tengo cuarenta y cinco años, el paso de una mujer en mi vida me deslumbró, me derribó o mejor me puso en mi sitio, un paso lleno de esplendor y finura, como el viento cuando golpea los pétalos de una rosa. Hoy el viento ya no pasa, el viento está bajo tierra desde hace trece meses y mi corazón sigue floreciendo (…). Este es mi autorretrato del miércoles 4 de septiembre de 1996, mañana habrá cambiado y tal vez ya esta noche. Lo escribí para que vosotros escribáis el vuestro a vuestro modo (…)

Acepto la invitación hoy, domingo 1 de noviembre, para dejar aquí  mi autorretrato en las imágenes que he fotografiado esta semana, camino del estudio, entre polígonos industriales, plagados de desechos de papel, plástico, cartón, que me han servido como fondos de pequeñas plantas secas que ya han vivido su primavera y verano;  otras  han revivido al sol de este raro otoño.

Autorretrato o “Naturaleza sobre fondo fuera de lugar” que dice así:

No soy de aquí ni de allí, 
llego demasiado pronto
o demasiado tarde

Un fondo inadecuado puede ser muy bello, incluso el mejor posible,  si se enfoca bien. Es muy útil para una buena cura de ausencia y silencio y realza las cosas sencillas que nos hacen sonreir.  

Me gusta más encontrar la solución a los problemas que hacer como si no lo fueran. Es mucho más estimulante

Foto MAQ

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viernes, 24 de octubre de 2014

“El desierto del amor” o una “espinosa alegría”


“Reencontré” a Charles Moeller –aquí comparto un encuentro parecido, el de Suso Ares Fondevilla-,  con motivo de una corta estancia en Lovaina. Desde entonces leo con interés sus escritos sobre Literatura del siglo XX. Su estudio sobre André Gide me llevó a François  Mauriac,  y acabo de “beber agua fresca” en su obra El desierto del amor que nos pinta el triste desierto de las pasiones con la desnudez y sencillez  de la verdad, tan rica en matices.

Con esta lectura anidando en mis adentros, voy y vengo,  paso a paso,  hacia mi estudio, sin poder evitar esta “mirada plástica” que va conmigo y pone el zoom de la cámara en  las minúsculas cosas bellas que me muestra la naturaleza como afines a los pensamientos que me rondan. Son pequeñas “alegrías” que inspiran mi día y mi  trabajo


Foto MAQ

Foto MAQ
 

…Y ahora  regreso a un fragmento (pie de página) del texto que me llevó a esta buena novela:
La “alegría” de que tan frecuentemente habla Gide es, en el fondo, idéntica a lo que Bergson llama “el placer”, distinguiéndolo de la “alegría” que irradian los héroes y los santos. El placer (incluso el legítimo) es pasivo, individual, incomunicable; disminuye en intensidad cuando se procura comunicarlo; en fin, se agota rápidamente. La alegría, por el contrario, es la culminación de una acción desinteresada (por tanto libre, según Bergson); es acción, construcción; irradia por sí misma, y crece al comunicarse; en fin, se renueva por sí misma, porque es inagotable. Ya San Gregorio decía que lo que distingue a los “bienes materiales” es que, cuando no se poseen,  parecen totalmente deseables, mientras que, tan pronto como se los gusta, sacian y hastían; los bienes “espirituales”, por el contrario, cuando se está privado de ellos, parecen faltos de realidad; mientras que, cuando los gustamos, no podemos hartarnos de ellos….(Charles Moeller. Literatura del siglo XX y Cristianismo)

Por contraste con las imágenes anteriores, así veo la luz de las pasiones que tan delicada y minuciosamente nos describe El desierto del Amor

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lunes, 4 de agosto de 2014

"Dos ciudades", de Adam Zagajewski, y un pueblo del Somontano

Impresiones, fotografía y montaje de Inmaculada Cuesta (MAQ)




Dos ciudades, de Adam Zagajewski, y un pueblo del Somontano 

“El ritmo de las horas” es una sucesión de imágenes de un trozo de verano rural, que el descanso me sugiere hilvanar entre pensamientos visuales y el lenguaje de las manos.

Renunciar a la actividad habitual y a sus inquietudes a cambio de ESTAR (expectante…) en un entorno nuevo,  permite refrescar la mirada. En esta ocasión he admirado la sencillez de la gente sentada a la puerta de casa, en plazas y calles; señores de su calma y de sus pensamientos, conversaciones y panoramas. Seguramente no los volveré a ver, ellos ni me han visto, ni lo saben, pero me han regalado el ritmo de sus horas para recordarme que para mí el tiempo –el tiempo necesario para madurar, corregir un error o llegar a ver las cosas claras- es algo vital e imprescindible. En mi caso, la maduración nunca será un proceso definitivo, acabado. Siempre estaré presto a cometer un nuevo error y, después, intentaré comprenderlo y corregirlo. Usque ad finem (*)

Así lo he visto en los vuelos cíclicos de palomas en torno a una humilde cascada; repiten el recorrido una y otra vez con distinta gracia, con nuevo aire, en otra compañía

El mismo ritmo sereno del tiempo me ha descubierto las bellísimas abstracciones de los árboles de sombra en la desnudez de sus troncos a la última luz de la tarde.

Caprichos de la inspiración…

Las palabras del escritor polaco lo describen mejor: En la creación se manifiestan elementos que no tienen mucho que ver con la memoria, como por ejemplo la innovación o la rebeldía, ambas guasonamente reacias a la remembranza. En la creación hay también un “je ne sais quoi” fundamental y desparpajado que, por su propia naturaleza, se escapa a cualquier definición. Pero esto es justo lo que transforma el barro en escultura, las palabras en poesía y los crujidos en música. Después acude la memoria para tender puentes entre los instantes de clarividencia. ¡Cuán importante y necesario es esto! Sin embargo, para tender un puente primero hay que dar con el río. ¡Y eso se dice pronto!

Inmaculada Cuesta. Agosto de 2014

(*) ADAM ZAGAJEWSKI, “Dos ciudades”


lunes, 5 de mayo de 2014

San Baudelio de Berlanga por José Jiménez Lozano



El texto de Jiménez Lozano que me ha llevado a conocer este oasis escondido

La Capilla Sixtina de Castilla


CASTILLA se va entretejiendo, como ocurre con España entera, sobre un cañamazo cultural muy complejo, pero en el que destaca de manera singular el fragor de las luchas con los islámicos y las largas paces en convivencia con ellos. «Del neolítico a los almohades, la presencia frecuentemente agresiva de África es un dato tan fundamental para la geografía como para la historia hispánicas», ha escrito con toda lucidez Jacques Fontaine. Y, por fuerza y por dentro, la historia y el alma colectivas, los sentires, pensares y vivires de Castilla son, ciertamente, fronterizos; y, para adentrarnos en ellos, hay que pasar por un arco de herradura. Tomás de Aquino, en su espléndida madurez espiritual, se paraba ante las puertas y dudaba un tanto antes de traspasar su umbral, porque una puerta que se abre es siempre un «novum» lo que promete a nuestros ojos y nos exige su comprensión. En este caso, la de Castilla como Oriente, antes de convertirse, luego, en un país románico y europeo; si es que llega a ser esto último, que éste es otro cantar y otro cuento, como decía Kippling, que habrá que contar más adelante.



Lo que hay que decir, ahora, es que en esta frontera, bélica, unas veces; y pacífica, otras, entre islámicos y cristianos, hay atalayas y almenaras o alcázares: es decir, palacios o campamentos militares; y hay también almunias o jardines, o «huelgas»; pero, sobre todo, es­tán ahí los «kibbutzs» o asentamientos fronterizos, escondidos en un valle, tras un soto, cobijados por cualquier otro repliegue geológico. Son lugares de resistencia espiritual, pero, a la vez, asimilados en cierta manera a los modos de ser y de vivir de aquellos a quienes se resiste: los islámicos. Es decir, lugares de osmosis entre los hermanos enemigos. Y desconciertan, pero quizás son ellos las claves de toda una existencia como la castellana y de su historia espiritual y más profunda. Esa historia que, en San Millán de la Cogolla o en San Baudelio de Berlanga —y así será en todas partes— comienza como un cuento oriental: con un manantial de agua fresca y una gruta, y unos árboles en torno. Y un ermitaño o morabito que allí habita, naturalmente.

El paisaje en que, ahora, se alza San Baudelio es realmente este­pario y eremítico: un pelado y pardo alcor cuyas tonalidades van del ocre rojo al amarillo, blancas manchas calizas y el verdor de matojos enanos. Pero no evoquemos, en seguida y sin más, a los Padres del Yermo; aquí, hubo árboles: encinas exactamente, y agua, que todavía puede verse correr hacia el pequeño valle. Los monjes o, más bien, eremitas, que, aquí buscaban a Dios en el desasimiento y la nada, vivían en medio de un bosquecillo y siquiera bajo la parva umbría tan ascética de la hoja de encina. Y, aunque nadie lo diría, ahora, al contemplar externamente este recinto cuadrangular que se prolonga en una especie de ábside igualmente cuadrado y gris, una vez atravesada la puerta de herradura, aquí es verdaderamente el paraíso, una almunia sagrada, el Edén.

El edificio está concebido como un gran árbol de piedra, cuyas ramas sostienen el cobijo de la techumbre: son los nervios en que se despliega una columna que se abre en arcos de palmera y muestra su blanco tronco salpicado de rudos puntos rojos, como en un sarpu­llido de vida, un goteado de Pollock.


¿Y qué hace, aquí, una palmera, a orillas del Escalóte, en este clima riguroso? Es pura teología, un símbolo paradisiaco: la sombra y la frescura tras el arduo caminar que es la vida; el canto tranquilo de celestes pájaros que anidan en ella, la dulzura de los dátiles y el ruido que hace el ventalle al entrechocar sus hojas suavemente des­pués de tanto estruendo que es la historia y de tanto amargor que da el ser hombre. Es un oasis y un refrigerio, pero también una escala hacia lo Alto. Es el árbol sagrado de los antiguos mesopotámicos y está específicamente bendecido en el Corán, pero la Biblia misma hace de ella la figura del justo:

«El justo florecerá como palmera.»

«Feliz el hombre que confia en Yahvé y del que Yahvé es su esperanza.

Es como un árbol plantado al borde del agua, que extiende sus ramas hacia la corriente.

No teme cuando llega el calor, su follaje permanece siendo verde, y, en año de sequía, está sin inquietud.

(Jeremías, 17, 7-8)



En el Beato de Valcabado —en seguida vamos a abrir estos li­bros que llevan el extraño nombre de Beatos y son los grandes libros que Castilla ha dado al mundo, como este monasteriolo es su Sixtina— una palmera da acogida y sombra a los bienaventurados que bajo ella se abanican, o, agitando palmas, vitorean eternamente la gloria del Cordero.

El paraíso se ha soñado siempre con estas imágenes de solaz y de belleza, con visiones de extrañas y lejanas ínsulas pobladas de árbo­les exóticos y aves de brillantes rojos y verdes, azules o amarillos en sus plumajes, que cantan o parlotean, o en ensoñaciones de puertas de oro, jaspe u ónice, de las que se habla en el Apocalipsis; pero, ante todo, es un jardín y un frescor.

En otro Beato —el de Gerona— hay también otra viñeta de una palmera que es sangrada por dos campesinos para recoger de ella vino de palma. Y eran cristianos arabizados los que habían visto realizar estas tareas o sabían cómo se llevaban a cabo de todos mo­dos, o incluso las practicaban en las almunias de la costa levantina donde sabemos que se bebía «nabid» o vino de dátiles. ¿Y no se trata aquí, simplemente de trasponer en un plano artístico todo ese ejercicio agrícola, en estas latitudes tan frías en las que nos consta, sin embargo, que, aprovechando un abrigaño del terreno, se logra­ron aclimatar olivos, como en San Cebrián de Mazóte, por ejemplo? ¿Y acaso no era ese mismo ejercicio un símbolo de la vida edénica?

Pero todo nos aparece más claro aún, si todavía contemplamos otra imagen del Beato «Justus ut palma florebit», que está en la Biblioteca Nacional de París, y en la que el justo asciende por la palmera en busca de sus dulces frutos. Su ascensión es claramente una mística subida a lo Alto, y, por cierto, está extraordinariamente enfatizada en este edén de San Baudelio: un jardín de delicias, un paraíso místico y oriental, al mismo tiempo.



Bajo la gran palmera, una especie de mezquitilla —o minúscula iglesia copta, por su blanca alegría— o bosquecillo de pequeñas co­lumnas cilíndricas, sin capiteles y sólo con algunos adornos en los plintos, sostiene una alta plataforma, tribuna o apartamiento en lo alto al que se sube por una escalerilla, que muy probablemente fue en un principio una escala de mano, de también claro significado místico en todo el Oriente, que se retiraba una vez utilizada; y aun­que a ese apartamento pudiera accederse al mismo tiempo por una puerta exterior al recinto, que hoy se encuentra al ras de la eleva­ción del terreno que circunda a la ermitilla.

En esta tribuna o estancia, ya a medio camino del follaje del árbol y de su misterio celestial, se encuentra una capillita, casi como un «kiosko» o nicho, deliciosamente decorada con pinturas románi­cas: una Virgen flanqueada por dos personajes, y, en un lateral, un estilizado lebrel. Una lucerna en arco de herradura vigila la entrada del recinto entero desde esa altura, y una balaustrada, como un ico­nostasio y como cubierta por un gran paño oriental de águilas y leones inscritos en círculos, realizaría la separación sagrada o velaría lo recoleto de la oración o de la celebración litúrgica, allá arriba.



Pero, todavía más arriba, hay aún otra estancia última y supre­ma, entre los brazos mismos de la pétrea palmera, en lo más alto del ascenso místico. Es como una cilindrica linterna, ciega y aislada, de sólo un metro de diámetro, y rematada en una cupulilla de seis ner­vios: como un «mihrab». Se ha supuesto que se trataría de un lugar a trasmano, no fácilmente visible, donde poner a buen recaudo los libros o vasos sagrados en este «kibbutz» fronterizo del Duero, un espacio geográfico que no va a ser definitivamente conquistado sino a principios del XII por Alfonso I de Aragón y que continuará sien­do un bastión débil, largo tiempo después. Pero es mucho más pro­bable que fuera una celdilla de eremita estilita y solitario, que en Celanova o en San Miguel de Escalada vivía en sus ábsides laterales; es decir, la última estancia del «justus», que ha llegado a la cima mística o prosigue allí su lucha en soledad total. O, al fin y al cabo, es precisamente un «mihrab» donde nada había y nadie habitaba, símbolo de la ascensión suprema e inalcanzable; presencia de lo Alto, que, en lo alto de la palmera o escala del paraíso, se revela: allí donde no hay nada y sólo es el vacío y el silencio; la morada de Cristo, como en «El manuscrito de las tres palomas» donde aparece en su mandorla o almendra sagrada, rodeado de pájaros, en la copa de un cedro.

Y, de todas maneras, este lugar es una lámpara de iluminación interior: el otro cabo, en lo alto, junto al cielo, de la parábola espiri­tual que aquí se expresa y que, como decía, comienza en la gruta que allá abajo, dentro de la mezquitilla, se adentra en la tierra hacia el sur del edificio y sería la morada del primer anacoreta: la raíz del árbol junto al agua. Raíz nutricia y brazos frondosos cargados de frutos, la tiniebla y la luz, lo bajo y lo alto, la escala y el ocultamiento, la ausencia total de cualquier cosa o criatura en medio del árbol sagrado.

Pero los muros están pintados, naturalmente. ¿Cómo, si no, sería un edén este recinto? Y hay dos claras y netas series de pinturas: unos bellos frescos románicos con escenas evangélicas, y las pinturas bajas o mozárabes; incluso si hay quienes ven en ellas rastros de una estética y de técnicas romanizadas. De unas y otras sólo quedan restos, o sólo la impronta de las pinturas que fueron arrancadas: una impronta como un grito de desgarro, pero también como el resplan­dor de la belleza que ilumina este paraíso.

Las pinturas altas narran la vida entera de Jesús desde Belén, donde es adorado por los Magos, hasta su muerte y sepultura; pero hay, entre ellas, dos escenas que priman por su singularidad: la re­surrección de. Lázaro de la que es testigo un tonsurado —lo que implica una teología muy explícitamente eclesiológica— y las bodas de Caná, donde Jesús aparece sentado entre los novios ante una mesa llena de viandas y junto a la cual un sirviente escancia el vino; lo que también implica una versión teológica del hecho, que va más allá del relato evangélico y se torna didáctica. ¿O es la pura expre­sión de la alegría de los alimentos y del bendecido amor humano?
 
En la pintura del ábside lo que nos sorprende no son las imá­genes de San Baudelio y de San Nicolás, o la Paloma, símbolo del Espíritu Santo, o las apenas reconocibles de Jesús y la Magda­lena en un lateral, sino el enigmático animal que está pintado bajo la ventanita abocinada. ¿Qué es: un ibis o un pelícano? La inter­pretación del pelícano es arriesgada no sólo porque su simbólica eucarística —el pelícano se sacrificaría a sí mismo para alimentar a sus polluelos— es más tardía e igualmente más tardías son la interpretación enfáticamente sacrificial de la Eucaristía y la mis­ma reserva eucarística, sino porque aquí faltan los polluelos y el escorzo del ave sagrada del antiguo Egipto está acentuadamente di­bujado.

Pero las que primordialmente nos subyugan son las pinturas bajas o mozárabes que constituyen, por así decirlo, el paisaje de este paraíso a la sombra de la palmera: un cazador de ciervos, que ya ha dado en el blanco y dispara de nuevo su arco; otro cazador, que, montado en su caballo, azuza a sus tres lebreles contra dos pequeñas gacelas, y un caballero con halcón. Lleva espada y sombrero, y un manto rojo. En contraste con las otras dos escenas venatorias, abso­lutamente dinámicas, aquí el cazador está sorprendido en estática posición; pero los tres frescos de caza ofrecen una simbólica escatoló- gica y paradisiaca, precisamente porque hay tanta vida en ellos.

No ocurre lo mismo, sin embargo, con las águilas y leones ence­rrados en medallones que, como se dijo, están pintados en la balaus­trada de la tribuna. Estos animales son la copia de un tejido oriental y ahí están dibujadas unas presillas o lazos para dar a entender inequívocamente que éste es, en efecto, el bordado de un tapiz o lienzo tendido sobre el muro: una decoración principesca. Y ésto, aunque tampoco dejen de ofrecer una alegoría muy clara: el águila es el símbolo de la contemplación de las realidades eternas, y el león lo es de la resurrección y de la fuerza. El águila acostumbra a sus polluelos a volar alto y a mirar al sol, cara a cara, y aborrece a los que no son capaces de sostener su fulgor. El león insufla con su lengua el hálito de la vida en la boca de sus cachorros muertos para resucitarlos.

Pero volvamos a los otros animales, que, como los del Arca de Noé del Beato de Valcabado, están ahí primordialmente como ex­presión de vida y vida paradisiaca: el delicioso dromedario amarillo de tan elegante cuello y el expresionista oso rojo, de un trazado lleno de poder. O el elefante atigrado, surrealista, con su juguetona trom­pa que tanto fascinó a esos siglos medios. El pintor lo ha transpuesto «picassianamente» con mayor atrevimiento aún que como lo pintó el de Valcabado, o quizás nunca lo había visto: ni siquiera en una de esas telas que lo representaban con tanto realismo, tal y como pode­mos comprobarlo en la que se conserva en San Isidoro de León, y plasmó aquí su sueño. El animal poseía su leyenda de castidad e inocencia; pero, luego, aquí se le cargó con la torre o el castillo románicos sin duda aunque en relación con ellos aparecía ya como peón en los ajedreces orientales: la tienda en que a su lomo viajaban los príncipes, y se convirtió en el símbolo de la fortaleza.

¿Y qué quiere decir este anciano con yelmo y un pesado escudo árabe? Es inquietante y misterioso. ¿Es un cristiano obligado a servir en las filas islámicas o un centinela de frontera que ha envejecido en el oficio? ¿O es un estereotipado y a la vez cotidiano «luctator», que está ahí para recordar que la vida es lucha, y la calvicie, el símbolo de la fidelidad?

Los mismos toros del zócalo, que están frente a la entrada, tienen o pueden tener también distintas lecturas, aunque su lugar en esa zona inferior y su factura resueltamente románica nos inclinan a ver en ellos un simbolismo instintual de poderosos apetitos.
                              

Al principio, decía, fue una gruta entre encinas, y el agua, y un anacoreta o morabito. Luego, creció aquí una palmera y hubo un bosque de columnas blancas y animales exóticos y escenas lúdicas y de Génesis o paraíso. Y, allá arriba, un espacio vacío, lugar sagrado de la presencia del Invisible y de su teofanía en ese vacío. Pero insistamos: animales, árboles y agua. Y luz por las orientales venta­nas cuvas parejas sólo se encontrarán en el Al-Andalus islamizado: vida, en suma. La vida, la luz y la alegría paradisiaca se concentran aquí como la otra versión apocalíptica de los orientalizados cristia­nos de este monasteriolo de Castilla. Porque no fue así en otras par­tes, en otros «kibbutzs» mozárabes y fronterizos donde se escribie­ron y pintaron los Beatos, que es preciso hojear en seguida para entender esta singularidad misma de San Baudelio de Berlanga y el mensaje profundo de la Castilla oriental y apocalíptica.


José Jiménez Lozano "Guía Espiritual de Castilla"